
¿Lo único que recuerdo? Sí, lo único son estas cuatro paredes. Es lo único que veo... siempre estoy aquí. Nada hay afuera para mí.
Todo está aquí. Nadie más soportaría este lugar, eternamente oscuro, invadido por un viento gélido que lo recorre entero. Y aquí estoy.
Vigilado por la mirada de ojos muertos. A donde sea que mire, ahí están, siempre atentos, siempre observando. Son imágenes de personas sin nombre. Yo a nadie conozco. He olvidado mi pasado. Nada sé de mí. Mi vida solo conoce este lugar del que no logro, ni nunca lograré, salir.
Pero la soledad y el silencio... este eterno silencio solo interrumpido por el tétrico silbido del viento que se cuela por mi ventana. En esa interminable lluvia, la furia del cielo se descarga con rabia, un estallido de ira que enciende la noche con destellos ciegos. Relámpagos que golpean la realidad misma. Y en cada uno de ellos, la certeza de que algo está a punto de revelarse.
La habitación se iluminó por un instante. Un rayo impactó cerca de mi ventana y, por fin, me mostró el cuarto en su totalidad. Lo que vi me dejó inmóvil. No estaba solo, como había creído. Pude ver una sombra proyectada a lo largo de la habitación. El silencio se llenó de presencias invisibles.
Después de un momento, me arriesgué a preguntar:
—Hola, ya no te escondas en las sombras —dije.
El silencio fue su única respuesta. ¿Sería que, quizás, yo ya no estuviese solo en este cuarto?
—Si estás ahí, muéstrate. Siempre he estado aquí y nunca te he visto. ¡No temas mostrarte!
Por primera vez, sentí que había alguien más, aunque fuese solo por un segundo. El hermoso gozo de esa idea me hizo desear no estar nunca más solo en este infinito lugar. Pero, por primera vez, sentí miedo de estar aquí. Nunca antes lo había sentido. Me di cuenta de lo terrible de mi soledad.
El aire se volvió pesado. Las miradas en las paredes cobraron una nueva fuerza. Esas obras muertas colgadas, esos rostros sin historia, esas figuras que emergieron de la nada y que ahora me asfixiaban con su presencia. Ya no más, pensé. Tengo que destruirlas y, de ellas, crear vida. Vida que me evite la eterna soledad.
Con furia, arremetí contra las pinturas. Las arrojé contra el suelo y vi cómo se fragmentaban en añicos. Pero algo en los fragmentos comenzó a moverse. Primero un trazo, luego una forma. De pronto, tuvo piernas y pudo caminar. También tuvo brazos y pudo crear. Le di ojos para que pudiera ver.
Ya no estaba solo.
Cansado del acto salvaje de la creación, me dejé caer en un rincón. Y ahí estaba él. La luz de sus ojos iluminaba el cuarto. Su mirada penetrante estaba fija en mí. Y una sonrisa infantil curvaba su rostro.
En ese momento, lo comprendí.
No era yo el creador, sino la obra.
Y ahora, yacía en el suelo, inmóvil. Libre de mi mente para morir en la realidad.
Que es este cuarto iluminado.
Ya no estoy solo.
Pero estoy muerto...