La moneda es un simple disco de metal pesado, marcado con inscripciones que determinan su valor. Con estos discos se compran bienes, favores... y tiempo. ¿Cuál es el precio de la vida? Para prolongarla, el hombre fusionó carne y acero, creando el tratamiento Clepsidra: un exoesqueleto diseñado para mantener activos los órganos vitales. Pero su energía dura solo un año. Si no se renueva, Clepsidra anuncia su veredicto final: el día de la muerte.
Emeteria caminaba por el centro, sosteniendo entre sus manos un par de billetes arrugados. Buscaba un regalo para su madre. Su andar era ligero, casi flotante, ajeno a la prisa sombría de los demás. Entonces, el aire parecía susurrar un nombre. No lo había oído antes, pero al cerrar los ojos, la vio: un rostro brillante flotando en el vacío, una voz distante llamándola. Eluney. Un escalofrío recorrió su espalda. Su vista se oscureció, y el suelo pareció ceder bajo sus pies. Se sentó, esperando que pasara. Su corazón, al principio desbocado, fue calmándose poco a poco, hasta que la visión la golpeó con toda su intensidad: un vestido blanco, impoluto, con estrellas bordadas en su espalda.
El cielo comenzaba a oscurecer cuando Emeteria emprendió el regreso. Su madre la esperaba en casa. Al llegar a la pensión, una figura oscura la aguardaba en la entrada: un hombre de cabeza enorme en comparación con su cuerpo. Sin conocer el miedo, como quien acaricia una bestia sin comprender el peligro, la niña se acercó.
—Emeteria —dijo el hombre con voz pausada—. Soy Benigno, un viejo amigo de tu madre. Vivo en un pueblo a un día de aquí.
—Si quiere verla, ella está arriba esperándome.
¿Quién será este señor? Mamá siempre tuvo amigos extraños.
Benigno ocultó una pequeña caja de madera en su harapiento abrigo largo.
—Mañana, a las ocho de la mañana, volveré a mi pueblo. Si lo deseas, puedes venir conmigo.
Se quitó el sombrero en señal de despedida. A la luz tenue del farol, su rostro parecía tener más de mil años. De su abrigo sacó un papel y se lo entregó a la niña. ¿Irme con él? No entiendo… pero ya no quiero esperar más. Mamá está arriba, esperando mi llegada.
Emeteria subió las escaleras de la pensión, contando los peldaños en su cabeza. Uno, dos, tres… hasta el quinto piso. La puerta H estaba entreabierta. Sin dudar, entró. El aire en el cuarto se adhería a la piel, espeso, estancado como en el vientre de una caverna sellada. Su madre estaba sentada junto a la ventana, la cabeza inclinada, con su largo velo rojizo cayendo sobre su hombro, espeso y trenzado por el tiempo. Simplemente descansaba.
—Mamá, qué despeinada estás… No puedes verte así cuando Eluney venga por nosotras.
La pequeña tomó con delicadeza los mechones trenzados por el tiempo y los desenredó con sus dedos, hablándole en susurros como si fuera un juego. Buscó un peine y pasó las cerdas con cuidado, moldeando las ondas rebeldes, inventando historias sobre la gran travesía que emprenderían juntas. Luego, mojó un paño y limpió la piel fría con la misma devoción con la que su madre solía asearla cuando era más pequeña.
Cuando terminó, se apartó un poco para admirarla.
—Así está mejor… ya hueles bonito otra vez, mamá. Eluney te va a encontrar preciosa.
La habitación quedó en silencio, roto solo por la respiración pausada de la niña. Afuera, la noche se volvía translúcida. Emeteria no tenía sueño; se quedó junto a su madre, velando por ella como quien protege un secreto valioso. No se atrevió a cerrar los ojos hasta que los primeros hilos de luz se filtraron por la ventana.
Cuando amaneció, tomó su pequeña bolsa y bajó las escaleras. Había decidido irse con Benigno. Quizás ese era el deseo de su madre.
El sol apenas se alzaba sobre los edificios cuando Emeteria cruzó la puerta de la pensión. La calle seguía igual que siempre: sucia, ruidosa, indiferente. Nadie notó a la niña de ropas gastadas que avanzaba con pasos ligeros, aferrando su pequeña bolsa contra el pecho.
En su mente, la promesa de Eluney resplandecía como un faro.
Buscó a Benigno entre los rostros somnolientos de los trabajadores que iniciaban su jornada. Él debía estar allí, como siempre, con su porte altivo y su voz persuasiva, dispuesto a llevarla hacia un destino mejor.
—¿Benigno? —llamó en voz baja, mirando a su alrededor.
Pero la multitud seguía su curso, sin detenerse, sin responder.
Finalmente, lo encontró. Benigno la aguardaba en la salida del pueblo, junto a un carruaje antiguo tirado por caballos. A la luz del día, su figura parecía aún más irreal: un cuerpo demasiado flaco que sostenía una cabeza desmesurada, como si hubiera sido ensamblado con piezas de distintas personas. Su andar era torpe, desigual, y su rostro... su rostro era el de alguien que vendió su risa hace tiempo. Sus labios se movían con la precisión de un engranaje oxidado, sin la calidez del gesto humano.
—Esperaba que vinieras, niña. Viajarás dentro del coche. El camino es largo y difícil.
Emeteria asintió y subió sin preguntas. Mientras el carruaje avanzaba, el traqueteo de las ruedas se fundía con los sonidos de la ciudad al despertar. Poco a poco, los edificios se hicieron menos frecuentes, hasta que solo quedó el horizonte abierto y el aire helado de la carretera.
El interior del carruaje era estrecho y oscuro, impregnado de polvo y el olor rancio del cuero viejo. Emeteria se acomodó en un rincón, abrazando su bolsa contra el pecho. A través de la pequeña ventana cubierta de hollín, veía los últimos vestigios de la ciudad desvaneciéndose en la distancia. Pronto, solo quedaron los campos vacíos y el cielo inmenso sobre sus cabezas.
Desde su asiento, solo se escuchaba su respiración pesada y, de vez en cuando, un leve chasquido mecánico, como el giro pausado de un engranaje escondido bajo su abrigo, cerca de su pecho.
Emeteria cerró los ojos. En la oscuridad de sus párpados, la imagen de Eluney volvía a formarse: un resplandor lejano, una voz llamándola desde un lugar que no podía nombrar.
Emeteria apretó contra su pecho la pequeña bolsa que llevaba consigo. Benigno la observaba en silencio, su porte imponente y la pausa contenida antes de hablar evocaban la mirada calculadora de un mercader que sopesa el valor de su mercancía.
—Ven, niña —murmuró finalmente, con una voz que se deslizaba entre la bruma de la mañana como un hilo invisible—. Te llevaré donde debes estar.
Emeteria bajó del carruaje y el aire la golpeó con un hedor espeso, una mezcla de óxido, carne quemada y el sudor rancio de cuerpos hacinados. El suelo era un mosaico de lodo y ceniza, marcado por las huellas torcidas de quienes arrastraban prótesis desgastadas o muñones vendados.
A su alrededor, hombres y mujeres se deslizaban como espectros mutilados, envueltos en harapos manchados de pus y aceite. Algunos mostraban orificios vacíos donde antes hubo ojos; otros, manos convertidas en ganchos o piernas ausentes que dejaban rastros húmedos al arrastrarse. En las esquinas, los "matasanos" atendían a sus clientes a plena luz del día, abriendo piel y carne con bisturíes herrumbrados, intercambiando partes como si fueran fichas de mercado.
Bienvenidos a Lästermaul, la ciudad que agoniza en el olvido, hogar perfecto de parias y depravados, ciudad de las almas perdidas.
Más allá, entre los edificios desvencijados y cubiertos de hollín, una casa resistía el paso del tiempo. No era más grande ni más imponente que el resto, pero su fachada agrietada parecía haberse tragado las sombras, como si dentro de ella no entrara la luz.
Benigno avanzó sin prisa, y Emeteria lo siguió.
La vieja casona se alzaba entre las sombras de Lästermaul como un cadáver embalsamado: vestigios de grandeza aún adheridos a su piel agrietada por el tiempo. La fachada, antaño majestuosa, exhibía columnas torcidas y balcones de hierro corroído, donde la pintura se descascaraba como costras de una herida vieja. Alguna vez fue un hotel respetable, pero ahora solo albergaba los deseos más oscuros de Lästermaul, un santuario de sombras donde lo innombrable encontraba refugio.
En el último escalón del zaguán, Tesio jugaba con su sevillana, el acero destellando fugaz bajo la luz mortecina de un farol parpadeante. Vestía con impecable elegancia, un contraste absurdo con la miseria que lo rodeaba. Alzó la vista apenas al ver a Benigno y a la niña, una sonrisa ladeada se dibujó en su rostro afilado. De un rápido movimiento, el acero dibujó mariposas en el aire antes de desvanecerse tras su cintura con un chasquido seco.
Tesio se puso de pie con la gracia ensayada de un bailarín. Dirigió una mirada inquisitiva a Benigno, buscando respuestas en la mueca inescrutable de su rostro. Luego bajó la vista hacia Emeteria, evaluándola con una expresión que oscilaba entre la curiosidad y el desinterés.
—¿Esta es la niña? —preguntó finalmente, sin ocultar su sorpresa.
Benigno asintió con un leve gruñido y avanzó hacia la puerta. Emeteria permaneció quieta, aferrando la pequeña bolsa contra su pecho. Tesio inclinó la cabeza con un gesto casi amable y, con una voz suave pero carente de calidez, murmuró:
—¿También pagará por la vida de ella?
Un parpadeo. Un movimiento apenas perceptible en los labios de Benigno. Pero su mirada, gélida y fulminante, atravesó a Tesio como un cuchillo afilado. Fue un golpe sin contacto, un latigazo mudo que electrizó el aire. Tesio tensó los hombros, bajó la vista un instante y tragó saliva.
—Se quedará lo que se quede —musitó Benigno.
Tesio no preguntó más y corrió dentro de la casona. Benigno inclinó su enorme cuerpo y extendió su mano a Emeteria, que hizo lo mismo, y juntos cruzaron el umbral.
Siguieron por un largo pasillo de piso de madera hinchada y paredes que en algún momento fueron blancas, ahora manchadas de humedad y hollín. Varias puertas indicaban los baños, aunque la mayoría estaban entreabiertas, dejando entrever grifos oxidados y espejos rotos. Al fondo, la escalera de incendios ascendía en espiral junto a un viejo elevador, cuyos engranajes estaban atrapados en un silencio eterno, cubiertos de herrumbre.
Cada paso sobre la madera protestaba con un crujido. Subieron las escaleras lentamente, el aire se volvía más denso con cada nivel. Al llegar al tercer piso, Benigno señaló la puerta donde dormiría la niña. Sin decir una palabra, sacó una llave de su chaqueta, abrió y dejó que Emeteria pasara. Una vez dentro, cerró la puerta con llave y se alejó.
Con su inocencia característica, la pequeña descargó su preciada carga. Dentro de su bolso llevaba tres peluches, los únicos que tenia. Los acomodó con cuidado en un viejo estante de madera carcomida. Ya acompañada, juntó sus manos en petición divina y cerró los ojos. Conversaba directamente con su esperanza, su guía, con quien cruzaría el océano estelar.
Su plena calidez con Eluney, fue interrumpida por el golpetear de pasos irregulares. No había duda: era el caminar de Benigno. El sonido se detuvo frente a su puerta. Luego, el tintineo de llaves seguido por el chirrido áspero de la cerradura al girar. Estaba entrando en su cuarto.
—¿Estás ahí?
Emeteria enmudeció al instante. Se acercó lentamente, resignada por una fuerza superior.
—No tienes que temer. Benigno va a cuidarte bien. Mira, te he traído un regalo.
De su mano colgaba un vestido rojo. La tela era ligera, demasiado fina, con un brillo insidioso que devoraba la poca luz de la habitación. Sostenía, además, unos zapatos de tacón alto, ridículamente grandes para sus pies infantiles.
—Esta noche debes verte bien. Quiero presentarte a un amigo. Vístete. En unas horas pasaré a buscarte.
De un portazo, Benigno dejó sola a la niña, que temblaba.
Las pocas horas se deshicieron en un parpadeo. De nuevo, el caminar arrítmico, el girar metálico de la llave. Ya era hora.
La puerta se abrió con un gemido de las bisagras. Benigno inspeccionó su cuerpo con ojos calculadores, como si evaluara la mercancía antes de la entrega. Luego, con un gesto seco, le indicó que lo siguiera. Volvieron a cruzar el mismo pasillo decrépito, subieron dos pisos más, hasta el quinto. La última puerta del corredor esperaba abierta como una boca hambrienta.
—Hasta aquí llego yo, niña. Adentro te espera. Volveré pronto a buscarte.
El aire dentro de la habitación estaba viciado, saturado de alcohol y algo más denso, más rancio. En la penumbra, un hombre esperaba con el torso desnudo, recostado contra la cabecera de la cama. Su aliento etílico flotaba pesado en la habitación, su lengua bífida humedecía sus labios agrietados. Sonreía, y su voz, en un susurro enfermizo, dibujó halagos impregnados de ponzoña, una poesía tétrica. Una noche cruel donde se perdió la inocencia.
A las pocas horas, Benigno sacudía el cuerpo inerte de la niña.
—Despierta, Emeteria. Aún no es tu hora.
Su voz, áspera pero contenida, no delataba urgencia, solo un mandato. Emeteria seguía inmóvil en el suelo, su piel helada bajo la luz mortecina. Benigno chasqueó la lengua, examinándola con la misma mirada con la que evaluaba la carne en los mercados de Lästermaul.
—Benigno está aquí para cuidarte —murmuró, mientras con sus dedos gruesos apartaba un mechón de cabello del rostro infantil—. Mira lo que te ha hecho. No tenía que lastimarte.
Entonces, con la misma frialdad con la que había entregado a la niña, añadió:
—Pero ya no debes preocuparte por él. Benigno se encargó de la escoria.
Algo en su tono sugería que la frase era un hecho absoluto. No una amenaza, no una promesa: un simple desenlace.
Un quejido, un parpadeo. La niña no estaba muerta. Un alivio sordo se instaló en el cuerpo de Benigno cuando vio sus ojos entreabiertos. Emeteria tembló, sin comprender del todo lo ocurrido. No lloró. Su voz fue un susurro quebrado:
—Agua.
Benigno obedeció sin palabras. Cuando bebió lo suficiente, la cargó en sus brazos como si fuera un animal pequeño, un cachorro lastimado. La llevó de vuelta a su cuarto y la depositó en la cama con la misma delicadeza con la que un carnicero coloca la pieza más fina en el mostrador.
Mientras acomodaba las mantas sobre ella, comenzó a canturrear una vieja canción danesa. Al principio, solo un murmullo áspero, un tarareo gutural entre dientes. Luego, las palabras emergieron, arrastradas por la lengua áspera de Benigno:
"Ali buh bæh... Kaki suh sæh..."
Su voz era ronca, y las sílabas parecían más un conjuro que una canción de cuna.
"Dimpe dampe dumpe dim..."
La melodía danzaba en su aliento con un ritmo pausado, como si cada palabra cargara con el peso de algo antiguo y marchito. Era un arrullo sin dulzura, una sombra de un recuerdo perdido.
Antes de marcharse, apoyó sus labios gruesos en su frente, dejando un beso seco, sin afecto, sin ternura, apenas una sombra de lo que una despedida debería ser.
La mañana siguiente llegó sin prisa, filtrándose en la habitación a través de las cortinas raídas. Benigno esperaba. No con impaciencia ni con ternura, solo con la quietud de un carnicero antes de retomar su labor. Estaba sentado junto a la cama, su figura descomunal inclinada sobre la niña, observándola sin prisa.
Los párpados de Emeteria temblaron antes de abrirse. Por un instante, quedó suspendida entre el sueño y la vigilia, buscando refugio en la posibilidad de que la noche anterior no hubiese sido más que un mal sueño. Pero al alzar la vista, lo primero que vio fue la desproporcionada cabeza de Benigno, su piel rugosa a la luz mortecina, sus ojos hundidos en una expresión inescrutable.
La realidad la golpeó como un agua helada. No fue un sueño.
Sus labios se entreabrieron, pero no emitió sonido alguno. Solo bajó la mirada, sintiendo cómo algo en su interior se hundía un poco más en el vacío.
El rostro de Emeteria era un lienzo de sombras y cardenales, las huellas indelebles de la noche anterior dibujadas en su piel infantil. No se tocó las heridas ni se lamentó por ellas. Solo pestañeó con lentitud, reconociendo el dolor como una extensión de sí misma, un peso más que cargar.
—Hoy ayudarás a Tesio —anunció Benigno con su voz monótona, como si estuviera comunicando algo tan trivial como el clima.
En la puerta, Tesio aguardaba con su figura delgada y su eterno juego con la sevillana, haciendo danzar la hoja entre sus dedos. Su sonrisa era un intento torpe de amabilidad, más cercana a una mueca ensayada que a un gesto genuino.
Emeteria no respondió. Solo asintió con docilidad. Siempre obedecía.
Benigno se marchó sin más, y la niña bajó de la cama con movimientos automáticos. Se acercó a Tesio, quien la observó de arriba abajo con la ceja arqueada.
—Mira que te dejaron hecha una pintura rara, niña —murmuró, girando la sevillana en un movimiento rápido antes de guardarla en su cinturón. Luego, como si sintiera la necesidad de aligerar el ambiente, intentó hacer una mueca ridícula, una caricatura de sonrisa que pretendía ser graciosa.
No funcionó.
Tesio se encogió de hombros.
—Bah… vamos, hoy no toca subir al quinto. Hoy vamos para abajo.
Se giró sobre los talones y comenzó a caminar. Emeteria lo siguió en silencio.
El trayecto era distinto. Esta vez no subían por las escaleras deformadas ni atravesaban los pasillos llenos de puertas entreabiertas. Esta vez, Tesio la guiaba hacia un destino desconocido.
Hacia el sótano.
El sótano era una tumba viva. El aire rancio se pegaba a la piel como una enfermedad, un vapor pútrido que parecía filtrarse en los huesos. El suelo se movía con el ondear de cucarachas, un océano de caparazones que se agitaban entre los restos de carne podrida.
En esa eterna oscuridad, el tiempo parecía haberse estancado, atrapado en un aire denso y viciado. Emeteria continuaba con su tarea, tallando los cascarones humanos, hundiéndose en sus jugos como si fueran uno solo.
Un silbido afilado rasgó el aire. Tesio emergió de la penumbra cargando un costal oscuro, del que goteaba un líquido espeso que brillaba bajo el ámbar mortecino del foco en el techo. Con un movimiento rápido y preciso, lo abrió con la destreza de un cirujano, asegurándose de que ni una sola gota tocara su impoluta vestimenta. Liberó su fétida carga. Carne fresca. Lo mismo que yacía en el suelo, pero más reciente. Casi podía latir.
Las bestias-torso se arrastraron como cerdos en un chiquero, gruñendo y jadeando, enredándose unas con otras en su hambre febril.
Tesio hizo girar su sevillana con la destreza de un ilusionista, dejando que la hoja danzara en el aire antes de cerrarla con un chasquido seco. Con un movimiento preciso, señaló la salida a Emeteria.
—Es todo por hoy —dijo Tesio con su típico tono burlón.
Emeteria corrió con lo que quedaba de sus fuerzas hacia la puerta, donde Tesio la esperaba. Con un tierno gesto, estiró su manito hacia él, un intento de alcanzar lo inalcanzable. Desde su altura, Tesio la miró con una amargura inexplicable.
—Lo siento, nena, yo voy con ella —murmuró, mostrándole su preciada navaja con un giro elegante—. Acompáñame, debes de tener hambre, imagino.
Emeteria parpadeó, bloqueando una lágrima antes de que pudiera rodar por su mejilla. El rugido de su estómago le recordó que no había probado bocado desde la noche anterior. Sin más opción, lo siguió. Juntos, se alejaron del inmundo sótano, avanzando lentamente hacia el comedor.
Una vez llegaron, se encontraron con la imponente figura del malformado, quien preparaba algo con sus inmensas manos. Tesio indicó a la niña dónde debía sentarse y pronto tomó asiento justo enfrente de ella.
El gigante de Benigno se aproximó, cargando una pesada olla de hierro que dejó caer sobre la mesa con brusquedad. Tomó unos cuencos y sirvió a los comensales.
—Comerás todo lo que ponga en el cuenco —dijo con frialdad y firmeza a Emeteria.
Ella, por supuesto, obedeció. Siempre obedecía.
Pronto, la noche envolvió la casona en su manto sombrío. Sin visitas inesperadas ni extraños rondando los pasillos, Emeteria caminó de la mano de Benigno hasta la celda de su cuarto.
—En tu cuarto te espera una sorpresa. Tengo unos regalos para ti. Has sido una niña muy buena —susurró él con una dulzura inquietante.
Por un instante, un halo de esperanza resurgió en Emeteria. Cerró los ojos con fuerza, aferrándose a la ilusión. En la negrura de sus párpados apretados, la vio una vez más...
Pronto, en el cuarto, la sorpresa fue un golpe seco en el estómago.
—Recuerda, tienes que estar bonita. Cámbiate esos harapos, Benigno ha dejado algunos vestidos en tu cuarto.
La sonrisa fría de Benigno apuñaló los ojos de la niña. Sobre la cama, zapatos de tacón alto, medias de red, vestidos cortos y faldas diminutas aguardaban como un enjambre de serpientes enroscadas. Frente a ellos, un espejo, enorme y despiadado, reflejaba su imagen desarmada, forzándola a verse con los ojos de otro. Era un altar funesto, un sacrificio involuntario.
El regalo de Benigno: La inocencia profanada.
Convertida en el deleite putrefacto de hombres enfermos, la cuidadora de las bestias-torso ansiaba la redención con la desesperación de un náufrago aferrado a una tabla rota. Su mundo se había reducid
o a la inmundicia y la espera, pero hoy era diferente. Hoy, el engranaje del destino giraría por última vez para ella. En pocas horas, su reloj biológico se detendría, la prórroga arrancada al tiempo por el sacrificio de su madre llegaría a su fin. Clepsidra haría su trabajo, silenciosa e implacable, aunque Emeteria, en su inocencia, aún ignoraba la sombra que ya se cernía sobre ella.
de pronto el inconsistente y erratico caminar de Benigno se aproximaba. el sonido ya no la asustaba, las golpizas ya no la asustaban, los olores ya no los sentia. el tintineo metalico. la puerta chirriante, la imagen del malformado. todo en su cabeza ya era una cancion conocida.
—Hoy no trabajarás —dijo Benigno, su voz tambaleante. Se quedó en la entrada, respirando con dificultad—. Tengo algo que decirte.
La niña levantó la mirada.
—Eres el fruto de mi amor con tu madre. Hoy es tu cumpleaños.
Un silencio espeso llenó la habitación. Benigno giró la manivela de la pequeña caja musical y la dejó en el suelo. Una tonada familiar se escurrió en el aire, una melodía perdida en el tiempo. Desde la penumbra, su voz cavernosa la acompañó en un susurro.
—"Ali buh bæh... Kaki suh sæh..." —Canturreaba mientras se alejaba.
La puerta quedó abierta.
—Dimpe dampe dumpe dim… —seguía entonando, su sombra fundiéndose con la oscuridad del pasillo.
Emeteria sintió un escalofrío. Por un instante, la música la envolvió, tirando de su alma hacia un mundo donde el dolor no existía. Cerró los ojos con fuerza, aferrándose a la ilusión. En la negrura de sus párpados apretados, la vio una vez más...
Eluney, con su vestido blanco y las estrellas brillando a su alrededor.
—Vendrás por mí, ¿verdad? —susurró.
Pero Eluney no respondió.
Y en ese momento, Emeteria entendió. Todo había sido un sueño, una fantasía rota. Su corazón dejó de latir, y su sonrisa, esa sonrisa que siempre había sido su escudo, se desvaneció para siempre.
No había paz, solo un vacío infinito.
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